Amanecía un día más en nuestro viaje, esta vez entre sabanas y en una cama. Allá por nuestra patria la gente ya ha empezado la universidad, el colegio, tiene que madrugar para ir a trabajar… como dicen ellos se ha acabado el verano, pero no para nosotros que seguimos en Mongolia y ya muy cerquita de nuestra meta.

Estamos a menos de 500 km de nuestra ansiada meta, Ulan Bator, la capital de este maravilloso país en el que la mitad de su población (2.7 millones de habitantes en toda Mongolia a pesar de tener un tamaño 4 veces España) vive en esta ciudad. El coche está moribundo y a pesar de que estos kilómetros que nos quedan son de asfalto, la incertidumbre es muy alta.

Salimos del hotel después de desayunar. Esta vez el convoy lo componemos nosotros, el coche de apoyo de los ingleses y el camión en el que va metido el citroen 2 cv que está siendo remolcado hasta Ulan Bator. En los primeros compases nos damos cuenta que el coche ya difícilmente pasa de los 75km/h pero mientras aguante nos da igual, nunca hemos sido los más rápidos de la carretera ni pretendíamos serlos. Paramos a comer en un bebedero en el que hay una estatua de Genghis Khan (que por aquí está por todos lados y para ellos es como un dios) y pasamos un rato muy agradable.

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Repostando antes de renaudar la marcha.

De vuelta en la carretera nuestro querido coche vuelve a darnos problemas… Primero se calienta en exceso así que toca una paradita técnica de una media hora para que se baje la temperatura. Media hora después el aceite está por niveles bajísimos porque la varilla tiene holgura y ha empezado a salir aceite por ahí y además sospechamos que se ha podido hacer una grieta o agujerito en el carter (el carter es dónde está el aceite). Nos ponemos manos a la obra, quitamos el “cubrecarter” que colocamos en Georgia y que se ha portado de maravilla aguantando todo tipo de golpes, y apretamos todos los tornillos y tuercas aunque se ve mucho aceite por todos lados.

Volvemos a intentar poner el coche en marcha pero a escasos 300 metros vuelve a calentarse, ya no acelera, se encienden los testigos del salpicadero; un cúmulo de cosas que solo pueden significar una cosa: ¡¡EL 127 HA MUERTO!!

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Emotiva foto del arcoiris que apareció horas más tarde del fallecimiento del Seat 127

Es inútil que intentemos reanimarle dándole cariño y tocando por todos lados, ha aguantado lo que ha aguantado, y no ha sido poco. En total nada más y nada menos que 15.672 kilómetros desde que salimos allá por el 18 de julio desde Majadahonda. Tras un minuto de silencio muy emotivo y unas palabras de despedida decidimos que la mejor opción es atar el coche al camión que lleva dentro el coche inglés y que nos remolquen los 300 y poco kilómetros que nos quedan hasta Ulan Bator.

Comenzaba así uno de los momentos más intensos del viaje: atado nuestro coche a una cuerda de 2 metros al camión, no podíamos bajar la guardia en ningún momento, ya que si el camión frenaba y no estábamos atentos nos estampábamos *CRASH!!*. Aún quedaban 300km por delante, lo que significaba que con esas carreteras nacionales y sus curvas íbamos a tardar unas 6 horas. Fred decidió ponerse al volante primero, y no tardó en notarse la tensión y angustia que llevaba en el cuerpo porque le empezamos a ver cabreado. Como estábamos a merced del camión no podíamos cambiar de conductor cuando queríamos, si no que teníamos que esperar a que al camionero le diera por tomarse un descanso. A las 3 horas hicimos la primera parada y Alfredo se fue como un rayo a la parte de atrás a dormir como un lirón y soñar con la cuerda que tan fijamente había mirado durante tres horas, y Fer le tomó el relevo.

Durante esta parada de descanso el conductor no dudó en dirigirse a nosotros para pedirnos dinero por el servicio. Parecía todo demasiado bonito para que fuera gratis. Tras un rato de discusión conseguimos rebajar el precio de los 100$ iniciales que nos pedían a 40$.

Volvimos a ponernos en marcha. Eran más de las 10 y todavía quedaban muchas horas por delante. En menos de una hora Pablo se toma el lujo de unirse a Fred en el grupo de los dormilones, mientras Fer se sume en sus pensamientos al son de Leiva, al que lleva poniendo furtivamente todos los días desde hace un par de semanas y del que estamos un poco hartos.

Alrededor de la una de la madrugada vislumbramos Ulan Bator en el Horizonte. Nos sentimos como un barco a la deriva que, después de varios meses de hambre y supervivencia, ve tierra por primera vez. Sin embargo, mientras nos remolcan por la ciudad no nos sentimos tan eufóricos como esperábamos, sino cansados y con ganas de ducharnos y dormir en una cama. Tal vez lo celebremos mañana.

Llegamos al Hotel que habían reservado los ingleses, y sin rodeos les preguntan a los de recepción que si hay algún problema en que durmamos en el suelo de su cuarto, a lo que acceden con una amplia sonrisa en la cara. Empieza así un fin de semana en el que nos tocaba invitarles a comida y cerveza, para devolverles el favor.

Al día siguiente hicimos turismo durante el día. Ulan bator es una ciudad caótica, pero con encanto. La gente es muy amigable lo que nos hace sentirnos seguros y como en casa. Primero fuimos a visitar los templos budistas que había en lo alto de la colina pasando por la plaza principal en la que había una estatua de un Gengis Khan bien gordo a la entrada de lo que parecía un edificio del Gobierno, algo así como la versión mongola de la estatua de Abraham Lincoln de EEUU. Cuando llegamos a los templos nos quedamos asombrados y no pudimos resistir la tentación de hacer girar los cientos de ruedas de la plegaria que nos íbamos encontrando por el camino (más tarde descubriríamos que girarlos equivale a recitar las plegarias). El último de los templos que nos quedaba por ver tenía poco interés por fuera, un templo alto, viejo y con poca gracia. Sin embargo, nos quedamos con la boca abierta cuando entramos y vimos una estatua gigante del Buda, acompañado de 2 estatuas de menor tamaño a cada lado: una de un monstruito diablesco y otra de una mujer.

Por la noche habíamos quedado con los ingleses para celebrar nuestra llegada a la meta con unas merecidas cervezas. Tras muchos brindis y unas cuantas rondas de más nos desalojaron del Irish Pub y no nos quedó más remedio que volver al Hotel. Cuando llegamos decidimos que era el mejor momento para celebrar nuestra llegada, así que colocamos un foco led que nos habían regalado en Italia, lo enchufamos a nuestra batería de repuesto e improvisamos un podio en medio del parking del hotel.

Los días en Ulan Bator se nos pasaron volando y se nos acumulaba la tarea de deshacernos del coche, así que el último día por la tarde y sin mucho margen de maniobra empujamos a nuestra pequeña bestia a la calle principal y le pusimos un cartón en el capó en el que ponía ‘’150$’’. En menos de una hora ya lo habíamos vendido a un tipo por algo menos de lo que pedíamos, pero nos daba igual ya que al fin y al cabo nos lo queríamos quitar de encima. Además el coche ya ni arrancaba ni se movía así que nos pareció un verdadero triunfo conseguir venderlo. Fue un bonito final para nuestro eterno compañero de viaje que aun hoy perdura en nuestra memoria… y sí, nos dio para comprar un par de botellas de vodka Xinghis Khan y celebrarlo por todo lo alto.

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Nuestros últimos momentos con la pequeña bestia.

Nuestra última noche la dedicamos a beber cerveza, comer pizza y disfrutar simplemente del momento. Era nuestra despedida de un viaje inolvidable, en la que tuvimos la suerte de haber conocido a estos pedazos aventureros, Will, Tom y Chris en estas últimas etapas en las que tanto nos ayudaron y tantas aventuras pasamos juntos. Antes de meternos en la cama e irnos a dormir nos despedimos oficialmente, ya que tanto ellos como Fer, que volvía en avión, se iban pronto por la mañana y no íbamos a poder decir adiós en condiciones, así que hubo emotivos abrazos y despedidas de corazón.

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De izquierda a derecha: Will, Fred, Pablo, Tom, Chris y Fer

 

 

LA VUELTA A CASA… ¡TRANSIVERIANO Y AVIÓN!

La última etapa del viaje la protagonizaron Pablo y Fred que les dio por volver en transiberiano desde Ulan-Bator hasta Moscú, dónde luego cogieron un vuelo hasta casa. Esto fue idea de Fred que no paró de contar historias de lo increíble que podía ser el Transiberiano y que no quería acabar este viaje con un “simple” avión de vuelta a casa después de haber recorrido medio mundo; y así hasta que consiguió convencer a Pablo. Fer no podía porque, al contrario que otros, tenía que volver a sus responsabilidades en la vida real un poco antes.

La vuelta en Transiberiano fue el colofón final para esta pequeña gran aventura que vivimos en el Mongol Rally. El viaje consistía en un viaje de 4 días sin parar (si, unas 100 horas de tren sin trasbordos ni gaitas), en una cabina con 4 camas plegables, en la que lo único que se ofrecía era un grifo con agua hirviendo para que te pudieras calentar los noodles instantáneos, los cuales acabaríamos aborreciendo más que cualquier otra comida en el viaje.

Durante estos 4 días compartimos nuestro cuarto con Michael, un tipo americano de Los Ángeles que había dejado su trabajo y venía desde Corea del Sur. Un tipo muy callado pero que nos cayó de maravilla con el que acabaríamos compartiendo desde borracheras hasta el rollo de papel higiénico para el baño. Nuestros días consistían en levantarnos por la mañana y leer un rato hasta la hora de comer, donde seguíamos una dieta estricta de Ramen (fideos chinos instantáneos) y patatas fritas o alguna otra porquería. También había momentos para investigar los vagones del tren o ver amaneceres y atardeceres impresionantes por la imponente Rusia. Después veíamos alguna película en familia en el ordenador de Pablo, seguido de más lectura o en el caso de Fred de una siesta. Alguna que otra noche nos dábamos un homenaje con nuestras reservas de Vozka Gengis Khan, que acababan por mandarnos a la cama rápidamente.

El cuarto y último día el tren llegaría a Moscú después de la hora de comer.  Tras llevar más de cuatro horas despiertos esa mañana pensábamos que ya estábamos a punto de llegar a nuestro destino y empezamos a organizar nuestras cosas. Luego descubriríamos que eran tan solo las 10 de la mañana y no nos habíamos dado cuenta de que habíamos atravesado 6 zonas horarias en cuatro días y sin saberlo nos habíamos ido a la cama casi a las 7 de la tarde y nos habíamos levantado alrededor de las 6. Si lo llegamos a saber nos quedábamos durmiendo más tiempo. Esta es solo una anécdota de las muchas que hubo que te recordaba lo lejos que estabas de casa y la cantidad de kilómetros que habíamos recorrido en apenas un verano y con un coche “antiguo”, y que lo único que de verdad se necesita para vivir una aventura como esta son la ilusión y las ganas tremendas de hacerlo.

Cuando llegamos a la estación de Moscú, nos despedimos de nuestro nuevo amigo Michael, y aprovechamos para hacer turismo por la tarde antes de ir a por nuestro avión que salía de madrugada. Dimos una vuelta por Moscú en pleno septiembre de más de 6 horas e intentamos ver todo lo que pudimos. En el poco tiempo que estuvimos de visita nos pareció una ciudad maravillosa y nos la apuntamos en nuestra agenda para hacerle una visita en condiciones para el futuro.

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En la plaza roja enfrente de la Catedral de St. Basil

Por la noche nos dirigimos al aeropuerto en un bus en el que casi nos perdemos, y en el que nos invitaron a una fiesta antes de coger nuestro avión a la que responsablemente tuvimos que negarnos; y a Fred se le durmió un mendigo borracho en el hombro durante un buen rato al que luego despertamos y le colocamos en una buena postura para que pudiera seguir durmiendo plácidamente. Finalmente nos dirigimos a nuestra puerta de embarque donde nuestra espera estuvo protagonizada por una serie de idas y venidas al baño con una frecuencia de una visita por hora a causa de nuestros retortijones por culpa de nuestra dieta poco sana de los últimos días a base de Ramen, bollos, patatas y helados soviéticos.

Ya sentados en el avión intentamos dormirnos pues apenas habíamos pegado ojo la noche anterior, pero el espacio era muy reducido y nuestro intento furtivo de colarnos en business class se vio truncado en apenas 15 minutos de disfrute de un asiento reclinable y almohada.

Aterrizamos a eso de la 1 de la tarde de un 28 de Septiembre en nuestro querido Madrid. Nos sentíamos como dos hobbits que vuelven a la Comarca después de un viaje en el que ha ocurrido de todo y en el que no sabes ni cómo empezar a responder a las preguntas de:   “¿Qué tal el viaje…?”  Se hacía raro volver a oír español, no cruzar una frontera loca en un idioma imposible, no sentirte observado por ser el turista… en definitiva, se hacía raro volver a estar en casa y rodeado de los tuyos, a pesar de que son los que siempre han estado ahí y nunca te van a faltar.

Este viaje ha sido algo único, mágico, inolvidable y en el que hemos pasado tantas aventuras y tantos ratos alucinantes que nos resulta imposible expresarlo con palabras o cerrarlo con un párrafo épico, simplemente no va a estar a la altura. Os animamos a todos a que os embarquéis en aventuras igual de “locas” las cuales si lo piensas dos veces no te decides a realizar, a vivir los inconvenientes y momentos inesperados del viaje que son los mejores y los que de verdad forman la aventura, a coger la mochila y lanzarse a recorrer el mundo y a “viajar de verdad” y conocer las culturas y vivir como las gentes con las que os encontréis. Os garantizamos que será uno de los mayores aprendizajes que se puede tener  y una inversión para toda la vida.

Y a ti querido lector, si has llegado hasta aquí y has seguido nuestras andanzas muchas gracias por el apoyo y el ánimo que nos has brindado y deseamos que hayas disfrutado el viaje tanto como nosotros. Será difícil superar este increíble viaje pero… ¿acaso crees que no lo vamos a intentar? Volveremos en menos de lo que esperas con más aventuras, porque nuestras ganas de viajar son el principal motor de nuestra vida.

Saludos WanderDustianos para todos. RUM RUM!

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Mongol Rally en un Seat 127.  18/07/2016 – 23/08/2016
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