Habíamos conseguido llegar a Khovd tras más horas de las esperadas conduciendo, y mientras intentábamos hacerle un arreglo temporal sin mucho futuro a la baca, oímos un ‘’Hey, how are you doing guys?” con un acento muy “british” que nos dejó un poco descolocados. Miramos alrededor y vimos a un tío rubio y delgado con una cinta de motero en la frente. Se nos presentó diciendo que se llamaba Will, y que era el conductor del mítico 2cv que teníamos aparcado al lado. Nos presentó a su hermano Tom, que por sus melenas parecía salido de los 90 y era con quien estaba haciendo el viaje; y a su padre Chris, un hombre muy bonachón y decidido que había trabajado en el Dakar y con todo tipo de historias bajo la manga, que conducía el coche de soporte para el citröen 2cv.

Después de charlar un rato y bromear sobre cuál de los dos coches molaba más nos contaron que ellos hicieron el Mongol Rally hace dos años, y que esta vez se habían montado un proyecto para llegar desde Londres hasta Japón. Cuando nos dijeron que sus patrocinadores les habían dado un coche de soporte y algunos miles de euros para este viaje nos quedamos con la boca abierta. Estos chavales saben muy bien cómo montárselo.

Después de intercambiar historias con algunas birras entre manos, nos invitaron a dormir en su habitación de hotel y poder robarles el WIFI. Suponemos que se dieron cuenta por nuestra pinta de andrajosos que no teníamos mucho dinero, así que aceptamos la invitación y pasamos una de las noches más cómodas del viaje durmiendo en su suelo.

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Nuestro 127, el 2cv y su coche de apoyo en medio.

Al día siguiente hicimos convoy y pusimos rumbo a Altai. Desde que salimos, la carretera estaba bien asfaltada así que el viaje transcurrió sin mayores problemas. Cuando comenzó a atardecer de repente empezamos a notar un viento por la derecha demasiado fuerte. Nos empezamos a preocupar cuando vimos que la temperatura del coche estaba peligrosamente alta a solo 60 km/h. Además, se nos voló una camiseta de Alfredo por la ventana así que aprovechamos este pequeño incidente para parar y montar campamento.

Nos salimos de la carretera y nos colocamos en el lado izquierdo donde el viento pegaba con menor intensidad.  Por primera vez en nuestro viaje y con bastante emoción hicimos una hoguera, con ayuda de unos troncos que Will y Tom fueron a recoger y un chorrito de gasolina para encenderla. Así comenzó una de las mejores acampadas de todo el viaje a la que se unieron durante un rato unos coches de mongoles curiosos, un hombre a caballo, y un hombre tan borracho que se intentó beber la botella de aceite de oliva que estábamos utilizando para cocinar. Luego descubriríamos que el borracho que casi no podía andar había venido y se había ido en moto.

Ya entrada la noche vimos un coche que al parar en medio de la carretera nos gritó ‘’Hey! Are you guys Mongol Rally?” con un par de gritos al unísono les contestamos que sí, uniéndose así a nuestra hoguera. Resultaron ser los Tasmaniyaks, 3 australianos muy “cools” en un Suzuki descapotable amarillo, a los que no se les entendía ni una sola palabra. Después de cenar y un rato de cháchara decidimos irnos a dormir sin montar tienda.

Nos levantamos temprano con la primera luz del amanecer. Queríamos llegar a Altay y todavía quedaban muchos kilómetros por delante. Cuando arrancamos, todas las miradas envidiosas de los demás equipos se centraban en nuestra pequeña bestia que rugía imponente como un verdadero coche de rally al ir a escape libre.

Después de algunos kilómetros por fin se acabó la carretera y comenzaron los caminos locos que tanto disfrutamos. Esta vez los caminos eran de tierra suelta o ‘’dunas’’ como nosotros lo llamamos, y los 3 equipos pisamos el acelerador a fondo. Este momento parecía haber salido de las mejores películas de MAD MAX. Pintorescos coches levantando tanto polvo como os podáis imaginar, corriendo y adelantándose por los caminos paralelos que hay o por los que nosotros mismos nos inventábamos. El momento de adrenalina se acabó cuando el 2 cv se quedó atascado en una duna tan larga que ni nosotros mismos sabíamos cómo la habíamos conseguido pasar.

En esta parada nos dimos cuenta de que el arreglo a la baca a base de piedras que hicimos la noche anterior se había ido al carajo. Tras un poco de disputa y discusión entre nosotros por quién había sido el culpable y con la tensión a flor de piel, decidimos que lo mejor era atar la baca directamente al coche con las cinchas, así que le dimos un par de vueltas a cada una por dentro del coche y confiábamos en que aguantase lo mejor posible.

Seguimos conduciendo y los caminos que tan divertidos nos parecían comenzaron a ser tediosos y agobiantes, principalmente por los problemas que nos daba nuestra bestia. El coche se apagaba cada vez que dejábamos de pisar el acelerador, y esto se convirtió en una lucha constante e intensa con el terreno ya que tenías que tomar los baches despacio pero intentando no frenar pero a la vez tenías que ir rápido para poder pasar las dunas y no quedarte en medio de ellas tirado. Tuvimos que sacar lo mejor de nosotros e incluso utilizar algún truco como el “pie doble”, ese en el que pisas el freno con el pie derecho pero con la punta del pie también pisas el acelerador para que el coche no se te apague. Una auténtica conducción extrema con todas las letras.

Tras largas horas de conducción intensa por las dunas, la carretera nos dio un respiro y comenzó a estar asfaltada. Sin embargo, a los 15 minutos el coche empezó a dar trompicones hasta apagarse. Intentamos arrancarlo sin mucho éxito, así que decidimos abrir el capó y tocar lo poco que sabíamos a ver si lo arreglábamos. Chupamos un poco de gasolina, esta vez tocándole a Fer hacerlo, pero no conseguimos que funcionara. Chris, el padre de los ingleses, nos dijo que tapáramos con la mano el carburador (una pieza con dos agujeritos por los que entra el aire a la gasolina) para hacer el vacío. Sorprendentemente conseguimos que arrancara, pero no tardamos más de 5 km en volver a quedarnos tirados. Chris decidió que iba a ser más fácil remolcarnos hasta el pueblo que estaba a solo 20 km, así que nos ató una cuerda al coche y nos llevó hasta Altay (tercera remolcada del viaje y no sería la última, jejeje…) que resultó ser todo cuesta arriba por un puerto.

En Altay buscamos un buen restaurante y cenamos todos juntos (ingleses, australianos y nosotros) algo de carne caliente que no fuera cordero (que aquí está por todos lados y acabamos bastante hartos) con patatas. Fue una de las mejores cenas en mucho tiempo. Con la tripa llena nos montamos en el coche de nuevo y para nuestra sorpresa, conseguimos arrancarlo a la primera. Tras repostar gasolina avanzamos todos en convoy unos pocos kilómetros para buscar un sitio tranquilo y solitario para acampar, y a los 20 minutos de salir paramos. Plantamos campamento rápido y no hubo hoguera ni charla ese día, pues se había hecho tarde y hacía frío, así que nos fuimos a dormir todos. Resultó ser una de las noches más frías del viaje aunque dormimos como lirones.

A la mañana siguiente levantamos campamento, desayunamos nuestras clásicas galletas que siempre formaban parte de nuestra dieta y salimos todos juntos. Al poco rato nos paramos porque había habido un grave accidente en la carretera. Un todoterreno chino había intentado adelantar a un camión cuando esté justo iba a salir de la carretera y el todoterreno había acabado destrozado, y los dos ocupantes estaban tirados en el suelo sin apenas moverse y con un gran charco de sangre bajo ellos.

Rápidamente nos pusimos a ayudar todo lo que pudimos sacando nuestro botiquín, dándoles agua para beber e intentando calmarles todo lo que podíamos. Chris tomó las riendas de la situación y el resto hacíamos lo que podíamos. Comenzó a llegar más gente y se tomó la decisión de subir a las dos personas heridas usando una manta a un coche y que este le llevara al pueblo más cercano donde hubiese un hospital que estaría a unos 80-100 km. Nadie sugirió llamar a una ambulancia ni nada por el estilo como ocurre en Europa estés donde estés, aquí había que actuar rápido para salvarles la vida y no había tiempo para posibles esperas.

Una vez los heridos estuvieron evacuados, decidimos seguir nuestro camino. Las dos siguientes horas seguíamos muy impactados y fuimos callados cada uno pensando en lo qué acabábamos de ver, en lo rápido que se puede ir la vida en una mala decisión, lo frágil que es el cuerpo humano, el peligro que tiene ir en coche, etc… Es triste, pero es en estos momentos de cruda realidad cuando nos damos cuenta de la suerte que tenemos por vivir donde vivimos y por disponer de una sanidad adecuada y efectiva en nuestro país.

Una vez se nos pasó el mal cuerpo, llegamos a otra zona de dunas y caminos de tierra alucinantes en los que nos volvimos a sentir libres. Decidimos hacer un poco el loco y grabar una especie de “carrera” entre los pintorescos vehículos que conducíamos para hacer un video que reflejará lo que es conducir en un rally por Mongolia. Fue un momento súper divertido y ameno, y por si alguien se lo está preguntando… ¡¡GANAMOS!!

Tras esto llegamos a un pueblo fantasma en el que no encontramos ni un restaurante para comer, así que tuvimos que seguir nuestro camino con las reservas de energía en niveles mínimos. Ya al final del día con el sol cayendo y formando un horizonte anaranjado de película, la “carretera” volvió a ponerse complicada con muchas bañeras y cambios de rasante en los que íbamos tocando los bajos; y esta vez fue demasiado para nuestro pequeño convoy.

El Citroen 2cv conducido por Will no pudo esquivar un socavón del terreno y ¡CRUNCHK! Se les había saltado una pieza de la suspensión por los aires y no podían seguir conduciendo. Nos paramos los tres equipos a buscar la pequeña pieza y como ya anochecía decidimos parar y acampar entre esas colinas. La situación era crítica para ellos pues consideraban que no era una pieza que pudieran reparar en mitad de Mongolia así que la idea de dar por finalizado su viaje desgraciadamente se tornaba bastante probable. Empujamos el 2cv a un lado para no molestar al resto de coches y camiones que pasaban y acampamos. Nos dimos un buen homenaje cenando casi todas las reservas de comida que nos quedaban, bebimos  vodka y organizamos un pequeño concierto con las dos guitarras inglesas, la guitarra de fer y la harmónica de Pablo; todo ello guarecidos por la lona de los australianos que nos vino al pelo, pues con la caída del sol comenzó una llovizna que duraría toda la noche.  La música y la maravillosa compañía hicieron que nos olvidáramos todos del problema del 2cv y disfrutamos de una noche espectacular.

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Mañana en el campamento con los Ingleses y los Tasmaniyaks (suzuki amarillo)

A la mañana siguiente los australianos se despidieron de nosotros y de los ingleses, pues estábamos aún a unos 650km de Ulan Bator e iban justos para coger un avión así que nos dimos los facebooks y les deseamos toda la suerte del mundo para llegar y cumplir el objetivo. Nosotros nos quedamos con los ingleses para ayudarles en todo lo posible, pues nuestro planning ya iba con al menos 10 días de retraso y nos sentíamos en deuda con ellos por las veces que nos habían ayudado y esperado ellos. Decidieron que Will y Chris iban a ir al pueblo más cercano y buscar un camión donde poder meter el 2cv y remolcarlo hasta Ulan Bator.

La misión fue complicadísima pues tenían que hacerse entender con los mongoles de aquí, contratar un camión lo suficientemente grande para que cupiera el 2cv y que les remolcara a Ulan Bator, y tenían que conseguir un buen precio. Tardaron todo el día y hasta las 6-7 de la tarde no volvieron, aunque lo habían conseguido y traían un camión inmenso. Pablo, Fer, Fred y Tom nos quedamos esperando y matando el tiempo leyendo, jugando al fresbee, tocando la guitarra, etc. Lo más destacable fue que Fer y Tom fueron a por provisiones al pueblo de al lado que estaba a unos 20 minutos y picharon por primera vez en todo el viaje. A estas alturas un pinchazo no asustaba a nadie así que cambiaron la rueda tranquilamente y siguieron.

Con la llegada del camión ya solo faltaba conseguir subir el 2cv a dentro. Tuvimos que tirar de ingenio e imaginación, pues el camión no tenía gancho para elevarlo. Con unas puertas de madera usadas de plano inclinado y empujando todos los allí presentes como bestias, tardamos una hora en conseguir subir el coche a dentro del camión, pero lo habíamos logrado. Quedaba un poco de luz aún y nos faltaban unos 250 km para llegar a la última parada antes de Ulan Bator así que nos pusimos manos al volante y a conducir con la escasa y rudimentaria luz de nuestros faros, pero como se suele decir en el cine “the show must go on”.

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Will revisando que su 2cv no ha sufrido daños durante la primera etapa

Vimos la Luna más grande que hayamos visto en nuestras vidas, cruzamos varios ríos, nos zampamos innumerables baches e íbamos cantando La Raiz (grupo del viaje sin ninguna duda) a voz en grito y tras unas 4 horas conseguimos llegar. Fuimos a cenar a un hotel restaurante en el que cenamos genial, y luego regateamos el precio de dos habitaciones que al ser tarde conseguimos más de un 60% de descuento; el único pero fue que no había agua caliente para ducharnos pero una cama mullidita, con almohada y sabanas limpias para nosotros era un lujo y todo un privilegio. Contactamos con la familia y amigos y pronto nos dormimos soñando con llegar mañana a Ulan Bator pues ya sólo faltaban unos 350-400 km.

¿Lo conseguiríamos…?

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