MONGOLIA. Qué difícil es explicar lo que para nosotros ha significado este país. La consecución de un sueño, el verdadero sentimiento de pertenecer a un rally atravesando rutas, ríos y caminos agrestes y salvajes como sólo la propia naturaleza sin la influencia del hombre puede tener; compartir acampadas, historias y hogueras con otros equipos del Mongol Rally; visitar más talleres de los que uno pueda imaginar, sentirnos verdaderamente perdidos y sin rumbo durante tantas horas que podrías recorrer España de punta a punta; sentir la libertad de los nómadas y sus yurtas y ser acogidos entre ellos mezclándonos en esta milenaria cultura; ser remolcados más veces que durante el resto del viaje… en definitiva, la guinda más dulce que podíamos tener para finalizar nuestro increíble viaje.

Tras nuestra pintoresca, inesperada y rocambolesca entrada en Mongolia (puedes leerla aquí) habíamos conseguido llegar a Olgiy a 100 km de la frontera, no sin necesitar que nos remolcasen a unos 10 km del pueblo. Así que tras esa noche de celebración en el hotel más que merecida teníamos que ir al taller y ver cómo de grandes eran nuestros problemas y si nuestro Seat 127 después de haber conseguido entrar iba a fallecer a las primeras de cambio.

En el taller tuvimos que armarnos de paciencia y lidiar con el ritmo asiático con el que se hacen las cosas aquí, es decir, muuuuy lentas. Al principio nos decían que nuestro problema era de la bobina, algo que tras cambiar y poner la que teníamos de reserva descartamos. Nosotros sabíamos que el problema era el contacto en el distribuidor porque llevaba fallándonos desde hacía mucho tiempo, así que intentamos hacernos entender con dos palabras muy simples que no dejábamos de repetir: “CONTACT KAPUT” “CONTACT KAPUT”. Llegó un momento que los tres lo decíamos a coro y al unísono, algo que debía ser desternillante para ellos pues empezaron a repetirlo también como loros y fue entonces cuando la risa se desbordó entre todos… porque sí, hemos aprendido que no hay nada que la risa no pueda solucionar y que a pesar de todos los problemas que uno pueda tener, el ser optimista y reírte de ellos te ayuda a sobrellevarlos mejor.

Consiguieron entender que el problema principal era el contacto, pero se nos hizo tarde para arreglarlo ese día y nos dijeron que al día siguiente lo solucionaríamos. No había sido un día muy productivo para nosotros y no parecía que fuera a mejorar con la caída del Sol, pero las cosas más impredecibles y alucinantes pasan cuando uno menos se lo espera.

Un mecánico del taller nos hizo de chofer y tras comprar cena para la acampada que pretendíamos hacer a las afueras del pueblo, nos dijo que de ninguna manera nos iba a dejar dormir al raso y nos invitó a pasar la noche en su casa con total naturalidad. La comunicación entre nosotros con el mecánico se resumía en la diferente entonación a la hora de decir “okeeeey” y en nuestra avanzada y útil mímica, pero eso no fue impedimento para que nos acogiera en su casa con sus dos hermanas y su madre. Su casa se componía de una casa de ladrillos hecha a mano por ellas y adyacente a ella… una YURTA (cabaña/casa mongola en la que suelen vivir los mongoles nómadas).

Con un diccionario mongol-inglés intentamos hacernos entender y agradecer su hospitalidad mientras nos daban de cenar cordero, sopa, pan, bollos, te, etc. Después, la música entró en escena como método de comunicación. Fer sacó la guitarra, Pabs la harmónica y la hermana pequeña sacó un instrumento kazajo con dos cuerdas acompañado de su voz melódica, suave y profunda que envolvió toda la sala en un estado mágico.

Tras ese maravilloso rato nos fuimos a acostar a la yurta, y nuestra sorpresa fue mayúscula cuando nos dijeron que nos tumbáramos en los colchones que nos habían puesto y nos empezaron a arropar con varias mantas como si de nuestras madres se tratasen. Fue algo totalmente inesperado y que demuestra la calidez y hospitalidad de estos mongoles que, a pesar de tener poco, lo comparten con una generosidad que, honestamente, cuesta mucho ver en el mundo occidental en el que nos movemos. Acostados y acurrucados bajo las mantas en una yurta en Mongolia, ninguno pensábamos que el día no había merecido la pena.

Ya por la mañana nos despertó nuestro amigo diciendo que tenía el contacto listo, así que nos quitamos las legañas a toda prisa y nos fuimos todos juntos en su coche al taller. Pero volvemos a caer en la trampa asiática, y no fue hasta las 4 de la tarde cuando nos ponen el nuevo contacto que han comprado y podemos seguir nuestro viaje hacia Khovd. Tras hacer una última parada en el soldador del pueblo para que nos suelde el soporte de los amortiguadores, por supuesto a pelo y sin gafas, continuamos nuestro viaje con la esperanza de poder aguantar las “rudezas” de Mongolia y sus “carreteras”.

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Soldador de Olgiy

Nada más salir de Olgiy empieza a oler a gasolina y el coche no anda a más de 60 km/h. Abrimos el capó y nos damos cuenta que se ha salido un manguito de la gasolina y se está saliendo todo por ahí. Con ayuda de unos mongoles que se paran a ayudarnos lo resolvemos, y encima nos regalan una botella de vodka que nos dicen que nos sirvamos ahora, pero solo nosotros porque ellos son musulmanes y no beben.  Decimos que no porque queda mucha tarde por delante, pero dejamos claro que esta noche va a caer. Estos tipos sí que saben hacer un regalo.

Seguimos nuestro camino y a los 10 km de salir del pueblo comienzan los caminos salvajes de piedras y arena suelta, esos que a nosotros tanto nos gustan. Sin embargo, volvemos a tener problemas: con tanto bache y tanta piedra no deja de salirse el tubo de escape. Después de arreglarlo 2 veces en menos de 10 minutos acabamos hartos. Nos miramos los 3 y asentimos. La decisión ha sido tomada. A TOMAR POR CULO EL TUBO DE ESCAPE. Pablo se mete debajo del coche y tras varios martillazos acompañados de algunos gruñidos y quejas sale victorioso con el maldito tubo en la mano que tantos problemas nos ha dado desde Uzbekistán. Lo colocamos en la baca y decidimos que ahí mola más. Ahora ya parece un verdadero coche del Mongol Rally.

Arrancamos y se oyen los fuertes rugidos del coche que nos dejan sordos. Son rugidos de libertad. Ya podemos olvidarnos de escuchar música en el coche. Empezamos a conducir y nos sentimos como si fuéramos en el mítico Subaru de rally del Colin McRae 3. No solo eso, sino que incluso parece que ahora vamos más rápido. Parece que estamos todos contentos con nuestra decisión.

A la media hora de conducir sintiendo la libertad de no llevar el escape adelantamos a una furgoneta que parece divertirse con nuestro pintoresco coche y nos dicen que paremos. Unas trece personas se bajan de su minibús y empiezan a cotillear nuestro coche mientras se ríen y dicen cosas en mongol. Aquí comienza una relación breve pero no por ello menos buena. Nos regalan unos llaveros de Chinggis Khan (como lo llaman aquí) y nos dicen que ellos también van a Khovd, a unos 130km y que si llegamos esa noche que les llamemos para pasarla con ellos. No descubriríamos hasta el día siguiente que se tardan más de 6 horas en recorrer esa distancia…

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Nuestros amigos mongoles

Después de este breve encuentro seguimos nuestra ruta y nos encontramos con un riachuelo pequeñito que cruza el camino. El sonido de rally de nuestro coche se nos ha contagiado y pensamos que se ha vuelto irrompible, así que cogemos carrerilla y lo cruzamos, llevándose el coche unos cuantos golpes por todos lados. En menos de un minuto el coche empieza a dar trompicones y nos quedamos tirados. De vuelta a la realidad nos damos cuenta que sigue siendo el pequeño tocapelotas de siempre, y que no podía pasar mucho tiempo antes de que algo volviera a dar problemas.

Conseguimos parar al primer coche que pasa y le pedimos que nos ayude. El hombre con pinta de duro, se pone a mirar el coche sin decir una palabra y se da cuenta de que no está pasando gasolina por el filtro de la gasolina. Los tres nos quedamos con la boca abierta cuando saca el manguito que lleva la gasolina al filtro y empieza a chupar gasolina para luego escupirla. Hace esto unas 5 veces hasta que ve que empieza a fluir de nuevo y para nuestra sorpresa conecta el manguito y en el primer intento el coche vuelve a arrancar. Aquí la gente es más “ruda” de lo que nosotros creíamos. Fred bromea y se queda con las ganas de decirle al tío que si se ha quedado con sed que le dé otro trago de gasolina, que invita la casa.

Seguimos nuestro camino y empezamos a subir una cuesta arriba a 90 km/h. A los 3 minutos nos damos cuenta de que no ha sido la idea más brillante, pues la temperatura está casi en la zona roja que tanto tememos. Paramos en medio de la cuesta y abrimos el capó para que ventile, algo a lo que estamos ya más que acostumbrados. Aprovechamos para tirar algunas fotillos del coche con las estepas de fondo y cuando ya estamos casi listos para irnos se para un todoterreno a nuestro lado y se queda mirando el coche. Nosotros les devolvemos la mirada curiosos y divertidos hasta que se deciden por bajar y cotillear al estilo asiático. Como les hemos caído bien y en Mongolia cualquier razón es buena para beber, sacan una botella de vodka marca Chinggis Khan y empiezan a servir en un vaso de chupito que va rulando cada vez que uno bebe. Tiene pinta de que hemos salido de la zona musulmana y nos adentramos en el tan desconocido para nosotros budismo. Una vez que el vaso de chupito ha dado la tercera vuelta y porque no pudo haber una cuarta, bajamos el capó y volvemos a la carretera.

Por primera vez en el viaje y con un poco de ayuda de la botella de Chinggis Pablo se viene arriba y se sube a la baca para sentir la libertad de esta tierra tan salvaje y libre. A una velocidad de 50km/h parece que vamos a toda velocidad y se oyen los gritos eufóricos de Pablo en cada curva o bache. Nos damos cuenta de que Mongolia cumple todas nuestras expectativas y mucho más… no hay duda de que no podría haber un mejor país para acabar esta aventura. Entrando la noche con un atardecer espléndido, Pablo se baja y seguimos conduciendo un rato para quitarnos algunos kilómetros de encima.

No tardamos en encontrar la primera dificultad del camino. Un río lo suficientemente ancho se planta en medio. Como no vemos bien y no podemos ver como es de profundo decidimos acampar ahí mismo y cruzarlo por la mañana. A la orilla del río, en medio de la fría noche, conocemos a dos chavales de nuestra edad que se llaman algo así como Vaska y Kana. Están en camiseta, sin abrigo o sacos para dormir. Por primera vez en el viaje podemos ofrecer y corresponder con toda la hospitalidad que tantos nos han dado a nosotros. Les dejamos algo de abrigo, preparamos unos noodles con carne para todos y charlamos y bromeamos a pesar de no entender ni una palabra de lo que dicen. Sin embargo, el frío se mete en nuestros huesos y decidimos irnos prontito a los sacos. Les dejamos una tienda de campaña para que no duerman al raso y nos dormimos.

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Campamento a la orilla del río

Dormimos como lirones a pesar del frío, y a la mañana siguiente al levantarnos nuestros “huéspedes” mongoles ya se han ido en un camión y nos han dejado nuestras cosas en la tienda. Nos ponemos en marcha y mientras desayunamos planeamos la mejor estrategia para cruzar ese río que ayer nos hizo acampar en sus orillas. Cuando estamos listos para intentarlo se para una pareja de alemanes con una furgoneta marca Mercedes que han convertido en vivienda para recorrer el mundo, y nos dicen que si necesitamos ayuda nos remolcan. El Seat 127 ruge fuerte para que no dudemos de su virilidad y atraviesa el río sin ningún problema para sorpresa de los alemanes. Conducimos la siguiente hora a la par con los alemanes por caminos de arena bifurcados, baches y dunas que discurren paralelo a una carretera de asfalto que está en construcción y que permitirá en poco tiempo que los viajeros menos aventureros puedan esquivar las sendas que a nosotros tanto nos gustan.

Dejamos atrás a los alemanes y Fred decide que también quiere un poco de adrenalina y experimentar la libertad de Mongolia desde la baca del coche, así que se sube y contempla desde esa perspectiva las inmensas estepas mongolas llenas de rebaños de ovejas, vacas, caballos, yaks y solitarias yurtas. Nadie puede dejar de mirar nuestro bólido que se oye en 2 km a la redonda, que está lleno de firmas, que se cae a pedazos y que además lleva a Fred encima de la baca gritando como si estuviera cabalgando un caballo… y nosotros respondemos agitando nuestras manos y saludando a todos los que nos cruzamos con una sonrisa de oreja a oreja sintiéndonos totalmente libres y felices.

Con esa felicidad nos consideramos invencibles y nos volvemos cabezotas creyendo que no nos perderemos, así que hacemos un off-road y claro… a los 5 minutos estamos totalmente en medio de la nada sin referencias. Tomamos un camino que nos conducen a unas dunas imposibles y nos quedamos atrapados. Empieza a apretarnos el hambre así que empujamos con todas nuestras fuerzas y de paso tomamos un poco de aperitivo de “polvo mongol” para empezar a abrir boca. Además, nos damos cuenta que con tanto bache y con el culo gordo de Fred encima de la baca, esta última se ha jodido y la colocamos de forma poco ingenieril pero aparentemente bien para llegar hasta Khovd.

A pesar de nuestros ímprobos esfuerzos, las dunas nos vencen y nos toca dar media vuelta y buscar el camino. Finalmente lo encontramos, y al rato coronamos una colina desde la que esperábamos ver Khovd pero lo único que vemos es otra gigantesca estepa. Preguntamos a una yurta solitaria cuánto queda y cuál es la dirección a Khovd, y recibimos por respuesta una sonrisa y un dedo apuntando hacia el noreste. Sabiendo que rumbo tomar nos sentimos de nuevo todopoderosos, pero poco nos iba a durar la alegría…

CRAJKCKCK. Nuestro querido 127 tocapelotas nos devuelve a la realidad y vuelve a equilibrar el karma. La bomba de gasolina vuelve a fallarnos y estamos en medio de la nada de nuevo en una situación crítica, sin comida y sin agua. Paramos a un coche a que nos ayude, pero al final tenemos que ayudarle nosotros porque no le arranca el coche, así que tras empujarle el tío se pira.

Estamos jodidos, hambrientos y sedientos. Pablo decide que quiere probar el sabor de la gasolina y beberse unos lingotazos así que empieza a aspirar del manguito para arreglarlo como habíamos aprendido el día anterior, y… BURRUUUUUUM… El coche vuelve a rugir y está listo para seguir su aventura. Al poco coronamos otra colina y por fin vemos a lo lejos Khovd, un oasis en medio de tan gigante y árida estepa.

Por fin. Pitamos y gritamos de alegría. Los supuestos 220km desde Olgiy hasta Khovd han sido más de 7h de conducción así que teníamos muchas ganas de llegar. Aparcamos al lado de la plaza central, y justo al lado nuestro hay un Citroen 2CV con matrícula inglesa… Nos frotamos los ojos y nos pellizcamos para cerciorarnos que es real.

¿Habremos por fin encontrado un equipo del Mongol Rally?

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Un comentario en “Mongolia. El comienzo de un final inolvidable

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