Cruzamos la frontera mongola y entramos en la tierra prometida, 14.000 km más tarde y con la mayor felicidad de nuestras vidas. Una tierra preciosa con inmensas llanuras verdes, carreteras completamente salvajes, pueblos de pastores y unos yaks que nos dejan con la boca abierta. Pero conseguir llegar hasta aquí no ha sido fácil y ha estado repleto de emociones en tan solo 48 horas. He aquí la historia de cómo conseguimos pasar “ilegalmente” la frontera con Mongolia:

Por fin salimos a Rusia, el último país antes de llegar hasta Mongolia, que siempre estuvo en nuestra mente, pero que parecía tan lejano que nunca llegaría. Un país que infravaloramos, y que nos sorprendió con un puerto de montaña con las vistas más alucinantes que hemos tenido desde Kyrgyzstan. La gente era amable y nos ayudaba, ¿Quién se esperaba esto de los rusos? Pues eran todo amabilidad y, con esto, nos llevamos otra lección de las muchas que nos ha brindado este viaje.

Lo que creíamos que iba a ser un día de viaje hasta Tashanta (la frontera con Mongolia) se convirtió en dos ya que no sabemos por qué 500 km en Asia equivalen por lo menos a 900 km en Europa.

Cuando nos quedan escasos 20 km para llegar hasta Tashanta el coche empieza a ir a trompicones. Decidimos seguir e intentar llegar ya que si paramos había una posibilidad muy grande de que no arrancara. Hay un sospechoso olor a gasolina, y se ha gastado medio depósito en menos de 30 minutos. Conseguimos llegar no sabemos muy bien cómo, y paramos en casa de un tío para que nos lo mire. Un manguito de la gasolina se había ido al carajo y se estaba yendo toda la gasolina “al garete”, no sabemos ni como el coche había seguido funcionando hasta ahí. El hombre nos lo arregla y nos dirigimos a una gasolinera para repostar y poder afrontar las “rudezas” de Mongolia; pero el coche parecía que tenía miedo a llegar y nos puso una nueva traba: intentamos arrancar y el coche parecía que había “muerto” porque no hacía ni el amago de arrancar.

Al final nuestra experiencia y veteranía conseguidas tras más de 14.000 km impidió que nos asustáramos demasiado y nos dimos cuenta que el problema era eléctrico, así que buscando los cables que conectan a la batería vemos que uno se ha partido por la mitad literalmente. Conseguimos cinta aislante y empalmamos los cables, y… WUALAAAA… el coche resucita y parece estar listo para afrontar su última y decisiva frontera que está al final del pueblo, a escasos 400 metros.

Nos dicen que está cerrada hasta mañana por la mañana, lo cual no nos sorprende, después de tantos miles de kilómetros, ya hemos aprendido que en Asia se lo toman todo con calma. Nos dicen que abre a las 9 así que plantamos tiendas cerca del checkpoint de la frontera, porque al parecer es una zona restringida y no podemos acampar en mitad de la llanura a nuestro libre albedrío. Compramos algunos litros de vino y cerveza para celebrar que estamos tan cerca y porque ´´hace un frio del carajo´´, aunque en realidad no nos hubiera hecho falta ninguna excusa.

A la mañana siguiente, algunos con más resaca que otros, cruzamos la frontera para salir de Rusia sin muchos problemas. Nos registran el coche un poco y nos pasan al perro policía a ver si huele algo. Nos da pena cuando huele las bolsas de nuestra ropa porque nuestros calcetines han llegado a un punto de radioactividad peligroso hasta para los perros. Nos ponen un par de sellos y nos dejan salir.

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Lado ruso de la frontera
Conducimos durante un tramo de unos 20 km en tierra de nadie, entre la frontera rusa y la mongola. Habíamos oído que otros equipos habían tenido problemas para cruzar ya que en la frontera estaban pidiendo hasta 5.000$ si querías entrar con el coche. La razón de esta desorbitada suma de dinero es porque, año tras año, muchos coches del Mongol Rally suelen abandonar de forma ilegal el coche en alguna parte del país, y tiene que hacerse cargo de estos coches el gobierno mongol. Nosotros mantenemos nuestro optimismo para pasar sin muchas incidencias, ya que después de haber recorrido tantos países y kilometros no nos cabe en la cabeza la idea de no entrar a Mongolia, y creemos que nosotros seremos la excepción. Bendita ilusión la nuestra…

Llegamos a la primera barrera de la frontera mongola y nos dejan pasar. Conducimos hasta una zona cubierta donde una militar nos dice que nos paremos a un lado y nos señala un edificio diciendo “passport control”. Entramos en el edificio y nos encontramos con otra señora que nos pide el pasaporte. Nos lo mira, lo sella y nos dice que nos dirijamos a “customs”. Todo parece fluir sospechosamente bien y sin aparentes problemas, y nos da la sensación de que vamos a cruzar esta frontera bastante rápido. El hombre nos pide nuestros pasaportes y nos dice la frase que no deseábamos oír. ”YOU MUST PAY IMPORT TAX IF YOU WANT TO GO TO MONGOLIA WITH CAR”. Esa frase que durante gran parte del viaje pensamos que no llegaríamos a oír y que nos cae como un jarro de agua fría… ahí está. Cruda y realista, nos atormenta las ilusiones más profundas que teníamos de ver este país y durante un rato de incredulidad, nos venimos abajo. Cuesta hacerse a la idea de que después de 14.000 km nos hablen de dinero y de que esa va a ser la “frontera” más difícil de pasar. Da rabia pensar que el dinero te puede separar de tan grandes experiencias que Mongolia y la aventura te puede deparar, tan solo por unos miles de euros que, desgraciadamente, no están a nuestro alcance. Hemos aprendido en nuestra “pequeña odisea” que no es el color de piel, la religión o el dinero que posees lo que mide el valor o la grandeza de una persona.

La primera reacción es de frustración y enfado, seguida de la desesperación y la simple aceptación de que nos iba a llevar para largo y de que las esperanzas de avanzar, eran ahora, efímeras. Tras la llamada al “lunch time” que aquí se toman muy en serio, nos dicen que esperemos, lo cual en términos asiáticos es mínimo un par de horas. Decidimos echarnos una siesta en el parking de la frontera, tirados en nuestra ya amoldada esterilla-colchón en mitad de la frontera. Despertamos tras un par de horas con las pilas algo recargadas y capaces de afrontar lo que se nos venga encima. Vamos a cenar algo porque nuestra dieta a base de galletas le falta “algo” de sustancia. Nuestro menú no es muy variado, nos tenemos que decidir entre “mantes” (una especie de ravioli relleno de carne) o fideos chinos de esos que se preparan en 3 minutos y siempre decepcionan.

La conversación ahora con la policía fronteriza se basa en acceder y responder a todas sus demandas: demostrarles que tenemos un seguro para no dejar el coche abandonado en Mongolia y de que disponemos de un servicio de grúas ante averías con cobertura “mundial” que no alcanzan a creer que realmente pueda existir. Son las 19.00 y se cierran por banda. Creemos que lo mejor es abandonar el edificio, buscar un hotel cercano y descansar por hoy. Hemos pasado bastante frío las últimas dos noches (“Winter is coming”) sumado a la fatiga acumulada del viaje, se nota el cansancio entre nosotros. Fácilmente encontramos el hotel típico que hay cerca de cada paso fronterizo, dispuesto a albergar a todos aquellos que esperaban un paso fugaz por el lugar, y del que acabó siendo una trampa de más horas de las previstas.

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Una cabra en la frontera

Llegamos al hotel, que en realidad se basa en la casa de una señora donde la habitación principal alberga unas 9 camas y cada una se alquila a un precio razonable. Pagamos 24.ooo moneda local en total, que equivale a unos 10 dólares los tres. La temperatura y el viento nos dan una tregua y nos damos un paseo por el poblado donde vemos yaks por primera vez, un animal alucinante que parece una vaca con una alfombra enorme de pelo largo encima. En nuestro paseo, ayudamos a una señora anciana a llevar una cesta de cacas a su casa, que más tarde descubriríamos que lo utilizan como calefacción. Esa tarde fue mágica, por fin vimos cara a cara a Mongolia, y desde ese pequeño pueblo cuya única razón de su existencia es el puesto fronterizo, creemos intuir el motivo que mueve a cientos de personas a alcanzar estas tierras. Algo tiene que es inexplicable, quizá sea la atmósfera que lo envuelve, o la extrañeza de sus laderas, o la sonrisa inagotable de los niños corriendo entre alborotadas cabras, o el paisaje que parece infinito y que siempre parece no acabar donde acaba el valle… nos hemos enamorado a primera vista.

Despertamos algo más tarde de lo esperado, y nos encontramos con un desayuno que se basa en patatas fritas recién hechas por la dueña del hotel. Salimos a la calle con algo más de optimismo que la tarde anterior.

Intentando ser más realistas nos planteamos 3 posibilidades:

1) Pasar a Mongolia en coche, lo cual era bastante improbable ya que nos pedían una suma de dinero de la cual no disponíamos, y parecían bastante estrictos en este sentido.

2) Hacer turismo por Mongolia sin el coche, volver a la frontera y conducir de vuelta a Rusia para dar de baja el coche y finalizar el viaje comprando unos vuelos a casa.

3) Intentar dar de baja el coche en la frontera y hacer turismo por Mongolia sin preocupaciones de dejarnos el coche atrás.

Esa tarde anterior, en nuestra expedición a la tienda más cercana a por una tarjeta SIM para conectarnos con el mundo, algo de comida y una cerveza (he de decir que bien ganada), conocimos a un hombre con pinta extraña que nos ofreció ayuda para cruzar la frontera. El trato consistía en que nosotros le pagábamos 100 euros y él lo pasaba. No parecía el típico hombre al que teníamos que sobornar, pero la posibilidad de un soborno abrió una nueva esperanza en nuestro interior. Finalmente resultó que este hombre tenía menos autoridad de la que esperábamos y todo acabó en un chasco.

Abandonamos el pueblo y entramos de nuevo en la zona fronteriza sin saber muy bien el plan a seguir. Ante nuestra insistencia de que no nos vamos a rendir tan fácilmente de que nuestro 127 visite las tierras mongolas, el policía comienza a interesarse por nuestro seguro de cobertura mundial. Una nueva brecha parece que se ha abierto y es lo único que nos hace falta, así que nos ponemos manos a la obra para conseguir contactar con el RACE y que nos envíen un correo o algún documento para poder demostrarles nuestra cobertura.

Con un establecimiento de llamada de 2€ y un precio de 3.03€/min planeamos la estrategia para optimizar la llamada y conseguir nuestro documento “oficial” con el menor precio posible. Esto que parece sencillo mientras se lee, requirió de 5 llamadas diferentes con una explicación de nuestra situación en cada una y que, además, en el momento crítico de la llamada, se colgaba “misteriosamente”; así que no conseguimos nada más que gastarnos un buen dinero en nuestra factura telefónica y agotar una buena dosis de nuestra paciencia.

Nuestra jornada maratoniana en la frontera continua, sin saber aún que nos espera. Fer decide sacar la guitarra para relajarse un poco y brindarnos un momento de placer y que desconectemos de nuestro problema. Esa guitarra que tan buenos momentos nos ha dado durante el viaje siente la llamada de Mongolia, así que decide hacer acto de presencia y llama la atención de todos los policías y personas del lugar. La guitarra sabe que es la protagonista, y tenemos la suerte que el jefe de policía sabe tocar algo la guitarra así que, gracias de nuevo a la música, estamos dentro del despacho del tipo que puede hacer que crucemos.

Puede ser el comienzo de una “bonita” amistad, ya que la conversación se vuelve más amistosa y se interesa por el fútbol, por España… y la relación se destensa mucho. Nos pregunta si realmente tenemos ese seguro del que habíamos hecho tanto alarde de poseer y que era nuestra única baza para poder avanzar, así que nos comparte el internet de su móvil para intentar enseñar los correos que demuestran que RACE si nos asegura.

!LUNCH TIME! y todos desaparecen. Se toman muy en serio eso de la hora de comer.  Las horas pasan sin contar con nadie ni con nada, y tras las infructuosas llamadas al RACE nos damos por vencidos en nuestro empeño de entrar a Mongolia con el 127, así que tomamos la decepcionante decisión de abandonar el coche y visitar Mongolia en solo un día y medio, ya que tendríamos que volver y llevarnos el coche para darlo de baja en Rusia y acabar nuestro viaje volviendo a casa en avión porque nuestro visado ruso nos empieza a achuchar.

A la desesperada, Fer le pregunta cuál es la forma legal de dar el coche de baja ahí mismo, a lo que el policía responde ‘’¿ilegal?’’, Fer creyendo que le ha oído mal le vuelve a decir ‘’no, no, LEGAL’’. El policía arquea las cejas y vuelve a decir, intencionadamente “¿ilegal?”, a lo que Fer comienza a entender que ese policía no es tan hermético e impermeable como podía parecer y se da cuenta que la puerta del soborno está realmente abierta. Fer viene rápidamente a avisarnos y nos reunimos los 4 en su despacho.

Todavía no nos creemos exactamente que aún tengamos una posibilidad real de entrar a Mongolia con el coche, pero la ilusión es ciega cuando se trata de cumplir un sueño y renace en nosotros una esperanza que creíamos haber perdido.

El tío, diciéndonos que nos hace un favor, nos comenta que otros equipos no han pagado el IMPORT TAX pero que han conseguido entrar con su coche pagando un soborno. Le preguntamos de cuánto dinero estamos hablando y de que si 100€ son suficientes. Su cara rápidamente indica lo contrario y nos dice que el último equipo que entró así a Mongolia pagó unos 300$. Tras una mirada rápida entre nosotros en la que sin hablar nos decimos que está es la oportunidad que tenemos que aprovechar, aceptamos. Abrimos el bote con todo el dinero y lo vaciamos directamente en su mesa, diciéndole que es todo lo que tenemos en cash aquí mismo. Tras un recuento rápido nos damos cuenta que tenemos 100€, 25.000 tengues (moneda kazaja) y algo de calderilla en moneda local; en total unos 160$. El tipo no parece muy satisfecho y no acepta una posible transferencia de dinero, pues esto es un soborno y el dinero por delante y en metálico. Siendo conscientes que es nuestra única oportunidad y que no podemos dejarla escapar, ofrecemos a Fred como “rehén” para que les acompañe hasta la ciudad más cercana a 100 km a cambio de que nos deje salir con el coche detrás de él entrando así de forma irreversible con el coche en Mongolia.

Apretón de manos y el trato está en marcha.

Tras servirse un buen lingotazo de vodka en un vaso del Starbucks, se levanta de la mesa y nos entrega el papel con el sello necesario para poder pasar la barrera hacia Mongolia.

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Fred abandona la frontera con 2 policías en una moto para llegar hasta el coche del poli que le toma como ”rehén”
El policía que va a llevar a Fred nos dice que salgamos antes ya que tiene un coche bueno y nos va a pillar por el camino. Intentamos darle toda la caña que se le puede dar a un coche de 37 años y con 14.000 km a sus espaldas por unas carreteras que son caminos de tierra, con sus piedras y agujeros. A los pocos kilómetros nos comemos una piedra que hace que se suelte el tubo de escape. Nos bajamos para arreglarlo y a lo lejos vemos el coche del policía acercándose bastante rápido. Para disimular que no pasa nada, hacemos como que estamos haciendo unas fotos al paisaje, así que cuando pasa al lado se para y nos pregunta que por qué hacemos fotos, que ya habrá sitios más bonitos. Nosotros nos hacemos los bobos y seguimos haciendo fotos. Nos dice que él sigue de camino y que ya le alcanzaremos. Fred aprovecha y se asoma por la ventana y nos dice que todo marcha bien, pero que no tardemos mucho en venir a rescatarlo. Nada más alejarse nos metemos a colocar el tubo de escape no sin unos cuantos martillazos ‘’para que no se relaje’’.

Mientras tanto, Fred se había quedado en la frontera esperando a que los policías apurasen su botella de vodka y decidieran partir hacia la ciudad. Al acabarla se meten los dos en el coche y Fred se da cuenta que uno de ellos dos tras haberse bebido media botella de vodka va a conducir hasta la ciudad, pero desde cuándo un rehén puede imponer o sugerir condiciones… Fred se abrocha el cinturón y espera que el Lexus en el que va montado y la experiencia de estos mongoles por sus carreteras sea suficiente para que no haya incidentes. A lo lejos se ve el 127 parado al lado de un lago tomando fotos, pero se intuye que el coche ha tenido alguna incidencia y que Pablo y Fer están disimulando. Se huele a kilómetros que el tubo de escape necesitaba el contacto con la tierra de Mongolia y se sale de su sitio. Fred aprovecha para darnos ánimos y que no nos demoremos mucho.

Con el tubo de escape arreglado conseguimos llegar a la ciudad y nada más entrar se nos rompe el coche, se apaga sin más y no somos capaces de arrancarlo. Conseguimos que un tipo, que finalmente acaba siendo un taxista, nos remolque hasta el punto de encuentro con Fred y que no haya habido ningún problema.

Nos encontramos a Fred en el punto acordado solo, y nos cuenta que le han llevado hasta un cajero y que les ha dado 300.000 en moneda local, unos 150$, y después, tras un apretón de manos final, el trato había concluido.

Los tres juntos de nuevo encontramos un hotel a precio razonable, nos tomamos unas birras de celebración y aquí estamos mientras escribimos esto. Una experiencia alucinante y digna de contar a los nietos y a los colegas y que sin ninguna duda incluiremos en nuestro diario casi infinito de vivencias que se queda sin hojas a medida que nos acercamos al final. Ulan-Bator asoma a tan sólo 1.500 km y nosotros, no nos rendimos.

 

 

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3 comentarios en “Triquiñuelas “ilegales” y paciencia para entrar en Mongolia

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