Así acostumbraba a expresarse, dada su sorpresa, Obélix, aquel guerrero galo, igual de memorable por lo bravo que por bonachón, siendo testigo, por cada vez, de los extraños usos y costumbres de los romanos, sus nuevos y recién llegados “vecinos” (que no señores), ellos en sus reales, los cuatro campamentos cercanos, y aquél en su caserío; los nuevos amos de las Galias (del resto, descontando esta famosa aldea), una gentecilla extravagante, sobre todo por tan inquieta, que, a miles de millas e incontables jornadas de marcha de su hogar, se habían allegado, al correr de varios años y aun de pocos siglos, a las cuatro esquinas todas del mundo, prestos a enseñorearse d’él, o, cuando menos, a procurar por arrancarle un mínimo de sus secretos…

Gente inquieta, estos romanos… que hoy, aun de sangre algo más mezclada, son castellanos aquí, franceses allá, italianos, o portugueses; los sureños, para germanos y sajones, o para los celtas de cepa pura, como Obélix. Aquéllos, los galos, tenían por mundo su poblacho de la Armórica (por mucho que, al menos a Obélix, nadie le pudiese censurar el nunca haber viajado); nosotros, los sureños, ¿que más habríamos de querer, más que por siempre el holgarnos a la vista de nuestro mar Mediterráneo, que, casi cariñosamente, en sus brazos de agua, nos mece, como en una cuna? Cada uno en su casa, y Dios en la de todos, que, siendo ya de por sí embarazoso el abandonar un hogar, la mayoría de las veces muy afanosamente acomodado, peor aún, por confuso, será deluego el hacerse a los acomodos de otros. Que así, no sólo los romanos, pues belgas, o eslavos, y bretones, los extranjeros todos, pudiérenos parecer locos; mucha gracia háceme cómo, al venir a Alejandría, dijeron los galos a la vista del Faro:

obelix

  ¿Una torre, guiando sus navíos? ¡Están locos, estos egipcios!

observación que los griegos sólo podríamos tomarnos a broma, sin que en nada le hubiese de curar a nadie su simpleza, ni mucho menos el reprochársela, ni aún, así nosotros los sureños, de mientes adentro; pues no hace al caso el contravenir a lo que, muy sentenciosamente, quedó ya bien dicho por Montaigne, y todavía hablando, en su discurso, de los caníbales:

Chacun appelle barbarie ce qui n’est pas de son usage.

Cada cual llama barbarie a lo que no es su costumbre.

entonces, pues, ¿y qué a nosotros (como, unos y otros, podríamos replicarnos a toda censura) las manías de los paisanos ajenos? Mejor ahorrémonos el importunar: el importunarles a ellos, y el importunarnos a nosotros; no les recibamos, ni les visitemos. Pero la inquietud de ciertos latinos no siempre casa con tan salomónica resolución, que no limitará su voluntad de hallar enredo; yo, un mestizo medio griego en su tierra, tampoco sé poner coto a mis cotidianos trabajos y afanes, pero en eso me los dejo, en cotidianos. Éstos otros no: agotaron las costas mediterráneas, y por si no tuviesen ya sol suficiente en ellas, apréstanse para internarse en lejanas estepas y desiertos (porque ya son ganas, el hacerse a tales marejadas de polvo y arena en plena canícula y estío), mas allá de nuestra serena y apacibilísima ecúmene. Bueno, tampoco demasiado, apacible y serena, digo; pero valga, puesto que parécenos, oteando aquí, desde Europa, que el mundo más allá tampoco anda muy pacífico… ¡Y tampoco ésto les arredrará en su empeño, oigan!

Resumiendo, estos amigos míos encuéntranse determinados a huir de la civilización. ¿Dónde alcanzarán su límite? Uno podrá suponer, con todo derecho, que no lo hay, hoy en día. Pero yo les pregunto, señores, ¿qué hay entre Turquía y Mongolia? Sí, sí, un número algo excesivo de países acabados en –istán… ¿pero qué les diferencia, aparte del nombre? Navegando por el Archipiélago de la Red, podríaseme dar una aproximada y presta respuesta; que ya no tanto (no tan presta, pero sí más acertada) yendo en persona. Pareciéndome que las propias bibliotecas, en última instancia, se nutren de noticias aportadas o surgidas por quienes en su momento estuvieron allí, dígoles, a estos amigos míos, que nada se pierde en haciéndoles aprecio a sus pasadas crónicas y libros, y que aun bien pudieren hallar en ellos buenas ideas y exemplos para sus propios negocios; y ellos, juiciosos que son, encomendáronme que al punto se lo fuesse poniendo por escrito, para mejor aprovecharse d’ello.

Veamos, pues, en adelante, en qué proveer a estos tres romanos locos e inquietos. Ya me espuela, a lo menos, a buscarles lecturas e informes de provecho, su contagioso entusiasmo; líbreme Dios de verme, por añadidura, arrastrado d’él a compartir también, en persona, su periplo.

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